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Un argentino inspirado por Eva Perón, hoy viste a estrellas de Hollywood

Un argentino inspirado por Eva Perón, hoy viste a estrellas de Hollywood

Gustavo Cadile puede explicar mejor que nadie lo que significa estar en el momento justo y en el lugar indicado para lograr lo que se desea. Basta con saber que aquel chico que hizo sus primeros bocetos de vestidos inspirándose en Eva Perón terminó vistiendo a famosas como Susana Giménez, Catherine Zeta Jones y Eva Longoria. Sus modelos brillaron en las alfombras rojas de los Emmys, los Golden Globes y los Oscars. La historia, claro, tiene un secreto: este diseñador de 52 años, que hoy vive entre Miami y Nueva York, lleva la moda en su ADN, ya que su bisabuelo, Enrico Dell’Acqua, fue un pionero en la industria textil italiana en Milán y en Sudamérica.

“Creo que llevo en la sangre el ojo por la calidad de las telas”, reconoce Cadile. “Y como pasé una parte de mi vida trabajando en Milán, allí busqué mis orígenes, que me ayudaron a poner esa sensibilidad milanesa en mis diseños.”

Todo comenzó en Junín, a 260 kilómetros de Buenos Aires, donde Cadile vivía en la casa ubicada justo enfrente de la que había pertenecido a Eva Perón cuando llegó de Los Toldos. Al lado vivía Juana, una mujer a la que las hermanas de Eva le dejaron muchas cosas de quien fuera actriz y Primera Dama.

Entre ellas había algunas fotos de Evita luciendo vestidos firmados por Christian Dior, imágenes que lo inspiraron para bocetar sus primeros modelos. “Me iba a la casa de Juana, veía todo eso y cuando regresaba a la mía, empezaba a dibujar como loco”, recuerda Cadile.

Otra de sus actividades favoritas era hacer desfilar a sus primas y amigas en la casona familiar. Las vestía con ropa de su abuela, que previamente había adaptado para cada una de ellas.

“Era la época de un programa de televisión llamado El arte de la elegancia de Jean Cartier, donde mostraban desfiles”, recuerda entre risas. “Hacía desfilar a todas. Tanto que una vez, en un avión, se me acerca una mujer y me dice: ¿Vos sos Gustavo Cadile?’ Cuando éramos chicos me hacías desfilar para vos.”

El camino de Cadile, que empezó como un juego en su pueblo natal, incluye escalas en grandes capitales europeas de la moda, como París y Milán, hasta que se instaló definitivamente en los Estados Unidos, con un pie en Nueva York y otro en Miami, donde acaba de inaugurar un showroom. En el medio, claro, hubo mucha tela para cortar.

-¿Cómo fueron tus primeros pasos en la moda?

-Terminé el cole y me vine a Buenos Aires, donde además de estudiar Diseño Gráfico, me metí a trabajar en una boutique que se llamaba “Melón con azúcar”, ubicada en Santa Fe y Callao, en un subsuelo. La dueña se vestía siempre de negro y me pedía ideas para sus colecciones. Recuerdo que venían muchas modelos a ver la ropa. Estuve tres años ahí hasta que me mudé a Miami, donde había estado de vacaciones y me había deslumbrado.

-¿Te resultó fácil empezar en la industria?

-Cuando llegué a Miami quería empleo en una tienda, pero no tenía plata ni hablaba inglés. Me fui a trabajar a un restaurante: eran los años ‘90, el gran auge de Madonna y de Versace. Recuerdo que en el lugar había muchas modelos como camareras y una de ellas, que sabía que yo quería ser diseñador, me dijo que fuera a trabajar a Bal Harbour, donde están las mejores tiendas, como Saks y Neiman Marcus. Me enamoré de la ropa que había ahí: recuerdo los drapeados en los vestidos de Emanuel Ungaro, por ejemplo. Así que me dije: “De acá no me voy”. Y conseguí mi puesto.

-Tuviste un comienzo bien arriba...

-Al principio trabajé en un área donde recibíamos todas las cajas que llegaban de Europa con las colecciones de moda. Pero al mediodía me iba a la tienda de Neiman. En el segundo piso estaba la alta costura y miraba todos los diseños, las chaquetas de Thierry Mugler, los bordados de las prendas... La manager era una mujer francesa a la que le decían “la mujer dragón” porque era bravísima, muy estricta. La gente le tenía pánico.

-Con ese sobrenombre, me imagino...

-Un día, mientras estaba mirando las nuevas colecciones, pasa ella, me clava la mirada bajándose los anteojos al mejor estilo de Meryl Streep en El diablo se viste a la moda, y seriamente me dice: “Gustavo, este no es tu departamento, ¿qué estás haciendo acá?” Yo aproveché el momento y me lancé: “Quiero trabajar para usted, porque quiero ser diseñador y aprender todo lo que es la alta costura”. Entonces ella me dijo: “¿De quién es el vestido de este maniquí?”. Le contesté: “Valentino”. Luego me preguntó: “¿Y de que textura está hecho?” “Terciopelo”, dije. Me escuchó y me dijo que se iba, que estaba muy ocupada.

-Me intriga el final, te confieso...

Un argentino inspirado por Eva Perón, hoy viste a estrellas de Hollywood

-Cuando yo regreso a las 8 de la mañana del día siguiente, mi jefe, que se llamaba Diego, me dijo que ya no trabajaba más con él. “No me digas que me echó”, le dije, pensando en que “la mujer dragón” se había enojado. “No, ahora vas a trabajar para ella”, me contestó. Y así fue: me pidió que la ayudase con los desfiles que se hacían en la tienda y con las mejores clientas... Fue increíble. Atendí a mujeres que gastaban 300.000 dólares en una compra. Aprendí qué les gusta a las mujeres: cubrirse la rodilla, que no se vean los rollos de los brazos...

-La oportunidad de tus sueños...

-Sí, mi nueva jefa me iba mostrando ropa y yo hacía dibujos de lo que me gustaba en un block de hojas que ella misma me había regalado. Hice como 20. Un día me pidió que la acompañase a un lugar: yo estaba sorprendido porque no sabía de qué se trataba, y me llevó al Instituto de Diseño en Miami, donde me becaron por todos los dibujos que tenía en el block. Una historia de película.

-Muchos te catalogan, especialmente en la Argentina, como un diseñador de celebridades. ¿Quién fue la primera famosa que vestiste?

-Susana Giménez. Y llegué a ella de lanzado que soy. Estaba graduándome en Miami y tenía listos tres vestidos. Un amigo me llama para contarme que Susana estaba grabando sus programas allá y me dijo que fuera a mostrarle lo que yo hacía. Lo primero que pensé es que ella se vestía con Thierry Mugler, donde trabajaba en ese momento Kouka, la famosa modelo argentina que triunfó en París, y que sería genial pedirle una carta de recomendación para ir a verla. Fui al hotel, obviamente no se podía pasar al lugar de la grabación, y de repente llega un auto negro del que se bajan Susana con su perrita Jazmín en brazos y Miguel Romano. Así que me acerqué a Miguel, le di los vestidos y él me llevó en un minuto al camarín de Susana. Ella me dijo que le encantaba el negro de corte sirena con piedras en el corset y un guante que se enrollaba en el cuello. “Traémelo mañana”, me pidió. Creo que ahí tuve mi primer ataque de pánico (risas). Al día siguiente Susana tenía mi vestido puesto, que le quedó divino. Lo combinó con unos zapatos Gucci. Era el año 1998.

-¿Volviste a vestirla?

-Sí, claro, varias veces. Una vez me vino a ver a Nueva York con Mecha y le hice el vestido azul que usó para un Martín Fierro. Se lo traje a Buenos Aires sin probarlo antes y le quedó perfecto. Susana es increíble.

-¿Y la carta para Kouka?

-La hizo, así que me fui a París a verla. Ella miró mi portfolio de bocetos. Pero yo no hablaba francés y me dijo que no me tratarían bien en Francia si no hablaba el idioma. Me recomendó probar suerte en Italia, el país de mi bisabuelo.

Viaje a las raícesy... ¡Nueva York!

La estadía de Cadile en Milán no fue demasiado larga, aunque trabajó para varias marcas italianas. En 2000, comprando unas telas en Nueva York para uno de sus clientes, se cruzó con una persona que trabajaba en la marca Perry Ellis y que le elogió su buen gusto para elegir texturas y colores en la sedería. Le ofreció trabajar en Nueva York para la marca que representaba y el argentino no lo dudó ni un segundo.

“Recuerdo que me dieron una oficina en la que había trabajado Marc Jacobs. Cuando me instalé, encontré varios bocetos firmados por él que atesoro hasta el día de hoy”, cuenta Cadile, quien luego de tres años en Perry Ellis se fue buscando cumplir su sueño: hacer vestidos de alta costura. Terminó trabajando para Oleg Cassini, un diseñador que había vestido a Grace Kelly y Jackie Kennedy.

-Ahí nació tu pasión por hacer vestidos de boda...

-Sí, pero me pasó algo increíble. Un amigo me dice que me iba a llamar una chica que se casaba, que no podía pagarme el vestido pero sí la tela. Le dije que sí, por supuesto. El vestido le quedó divino y fui invitado a la fiesta, un sábado. Al lunes siguiente, me llama la directora de la tienda Neiman Marcus, que había sido una de las invitadas, y a la semana estaba vendiéndoles mis vestidos. Fue el comienzo de mi marca: así empecé a vender con mi nombre.

-Otra escena de película como la de tu encuentro con “la mujer dragón”.

-Sí, y sigue: Neiman hacía desfiles con los diseñadores que vendían su ropa en la tienda. En uno de ellos, abría Oscar de la Renta y cerraba yo. Recuerdo que compartí la mesa con De la Renta, una persona increíble. Cuando termina el desfile me dicen que tengo un llamado y era “la mujer dragón”. ¿Podés creer?

Nuevo paso adelante en Hollywood

Mientras vendía su ropa en Neiman Marcus de Nueva York y sufría los altibajos de la economía americana, el modisto recibió un llamado que, una vez más, le cambiaría la carrera. “Era la asistente de Catherine Zeta Jones, a quien yo había visto de lejos en una red carpet en Italia cuando estrenó la película El Zorro, con Antonio Banderas, y para quien esa misma noche había imaginado vestidos que dibujé en un papel. Me dijo que Catherine había visto en la revista OK a Eva Longoria con un vestido mío y quería que la vistiera”, cuenta.

-Otro deseo que se te cumplió...

-Sí. Su asistente me pasó las medidas y le diseñé un vestido color púrpura que era una de sus opciones para una alfombra roja. Me acuerdo que lo llevé al hotel y le pedí al conserje que me avisara qué color de vestido tenía ella cuando bajara de su cuarto. Al rato me llamó para decirme que tenía el púrpura. Ahí salí corriendo con mi asistente y, cuando llegamos a su hotel, Catherine estaba rodeada de gente llevando mi modelo.

-¿Hubo otras veces?

-Sí, muchas, por suerte. La vestí para varias red carpets, estuve en su casa probándole ropa, conocí incluso a Michael (Douglas, su marido). Recuerdo que una vez estaba su hija en una de las pruebas, que en ese entonces era pequeña, y le decía a su mamá que parecía una princesa. Cathy le contestó que cuando ella fuera grande, usaría esos vestidos.

-¿Qué tiene que tener un diseñador para llegar?

-Perseverancia, garra, muchas ganas y amor a lo que hace.

-¿El estilo no importa?

-Sí, claro. Yo ahora trabajo para la tienda Bergdorf Goodman: hago vestidos de novia, para madrinas, de fiesta. Trato de imponer mi estilo que es clásico, elegante, timeless. Creo que mi trabajo refleja el glamour argentino con la sensibilidad europea y la simpleza americana.

-Hacés vestidos que suelen usarse una sola vez. ¿O ahora sí pueden repetirse?

-Hay una tendencia a repetir los grandes vestidos. Ya no son para usar una sola vez y eso me encanta. Tengo clientas que traen vestidos que les hice hace dos años y los reciclamos. Es una manera de apoyar la sustentabilidad. El vestido nuevo se lo puedo vender a otra.

-¿Te costó más triunfar en la moda por ser latino y argentino?

-Cuando empecé a vender en Neiman y luego en Saks, me decían que había mucho color en la moda. O que para vestidos de noche en colores ya estaba Oscar (De la Renta). Pero yo siempre hice colores, recién ahora cambié al negro con esta colección que traje a la Argentina, que es más rockera.

-¿Los colores no son más difíciles de combinar?

-No, todo depende de cómo los usás, con qué zapatos y qué accesorios. El color es divino, queda muy bien. El negro da elegancia y sobriedad, pero para una noche en la que querés brillar, el color es imbatible.

-¿Qué te inspira?

-La mujer, siempre la mujer. Cuando trabajaba en Oleg Cassini, tenía los mediodías libres y me iba al gimnasio. Uno de los dueños me ofreció ser personal trainer y me hizo hacer un curso en el que aprendí las técnicas para modelar el cuerpo, y todo eso lo volqué a las mujeres para las que trabajo. En ese tiempo conocí a mi contadora, quien me impulsó a poner mi propia marca. Recuerdo que entrenábamos hablando de vestidos y hasta el día de hoy me reconoce que nunca tuvo el cuerpo tan bien como cuando entrenábamos juntos (risas).

-¡Cuántas mujeres te han marcado! Eva Perón, Susana, Catherine Zeta Jones, Eva Longoria, tu contadora y “la mujer dragón”, claro...

-Ya lo creo. Todos los diseñadores quieren a la celebridad, pero yo le doy importancia a la historia con la celebridad. Cuando Eva Longoria estaba haciendo Amas de casa desesperadas, mandé un mail a su agencia de Los Ángeles mostrándole lo que hacía. Y me persigné. A los cinco minutos me contestaron y hablamos. Les gustó lo que yo hacía desde el primer momento y llegué a vestirla más de 27 veces. Incluso, una vez compartimos una red carpet en Hollywood.

Vuelta a la Argentina

Gustavo Cadile llegó al país a principios de diciembre no sólo para pasar unos días en familia, sino también para cumplir un compromiso con Opi Argentina, que está celebrando los 40 años de la marca con una colección que tiene una línea llamada Hollywood, para la cual fue convocado. Hizo los bocetos de los vestidos de cinco divas de Hollywood en su paso por la red carpet: Audrey Hepburn, Julia Roberts, Hally Berry, Reneé Zellweger y Penélope Cruz.

-¿Cómo es tu relación con el país?

-Me encanta ir a Junín, mi ciudad, donde comparto mucho con mi familia y mis amigos de toda la vida. Esta Navidad nos regalamos ir todos juntos a Córdoba, a San Marcos Sierra.

-¿Abrirías un local en Buenos Aires?

-Me encantaría. Aunque sea quisiera tener un showroom, pero para mí ahora todo pasa por Miami. A causa de la pandemia muchas clientas se mudaron allí desde Nueva York, porque sus maridos hacen home office y es mucho más barato tener una casa en Miami que en Nueva York: hay más libertad y mejor clima. Así que ahora vivo entre las dos ciudades.

-¿Pensaste en hacer una línea accesible o sólo te buscan por el lujo?

-Me buscan mucho para las bodas y las fiestas, es la verdad. Es lo mío. Primero viene la novia, luego la mamá, la hermana, la prima y así va llegando toda la familia. ¡Hasta la abuela!

-¿Cómo sobreviviste a la pandemia en donde no hubo ni tantas fiestas ni tantas bodas?

-Por suerte le vendí mi colección de novias a Bergdorf Goodman. Para poder hacerla, iba en bici a la casa de las costureras porque ninguna salía de su casa.

-¿Cómo imaginás el futuro?

-Entre los tres lugares que más amo: Nueva York, Miami y Buenos Aires. Creando, inspirándome en esas ciudades donde la energía de la gente es única.

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