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Jeanne: la única hereje medieval condenada por vestir ropa de hombre

Jeanne: la única hereje medieval condenada por vestir ropa de hombre

Jeanne o Jeannette tenía 19 años cuando fue quemada en la hoguera de la plaza del mercado de Rouen. La razón de la sentencia fue su “reincidencia” en la ‘haeretica pravitas’ por usar ropa de hombre mientras estuvo encerrada en prisión. Ella es la única hereje medieval condenada por la ropa que vestía.Jeanne: la única hereje medieval condenada por vestir ropa de hombre Jeanne: la única hereje medieval condenada por vestir ropa de hombre



No es el único aspecto inusual de una historia humana, religiosa, judicial e incluso política, que duró un total de seis años, de los que los últimos tres dedicó al cumplimiento de sus profecías. Los últimos tres meses de esos años, Juana, Jeanne, los pasó defendiéndose a sí misma y a su misión ante los jueces.

Ganó fama de forma inmediata y se sucedieron los procesos en 1450-1456 que concluyeron, casi medio milenio después, con su canonización en 1920. En la Edad Media hay muchos ejemplos de santidad popular que, tras nuevas investigaciones se convirtieron en herejías condenadas. El caso judicial de Juana de Arco siguió caminos no habituales y complejos: la santidad popular se convirtió en herejía para después reconocerse la santidad y obtener el prestigioso título de patrona de Francia.

¿Cómo empezó esta aventura? En 1428 Jeanne, una “pobre pastora” de dieciséis años, abandonó la ciudad natal de Domrémy, una tierra fronteriza entre el dominio anglo-borgoñón y francés donde eran frecuentes los enfrentamientos militares. Escoltada a caballo, llegó a Chinon, donde fue recibida por Carlos VII. En el escenario político-militar de la Guerra de los Cien Años, que enfrentaba a las monarquías inglesa y francesa con la ocupación de territorios continentales y disputas por la sucesión al trono de los Capetos, Juana jugó un papel fundamental.

Máquina de guerra

Fue una mujer joven que no solo llegó hasta el aspirante al trono para encabezar después un ejército victorioso, sino que resultó tan incómoda que primero fue abandonada (del apoyo de Carlos VII) y después vendida (por el duque de Borgoña a los británicos.). El pragmatismo político podía usar, ignorar o condenar el papel profético de Jeanne.

La “pobre pastora” se había convertido en una temible máquina de guerra, en un problema político y en un peligro religioso por su voluntad inquebrantable y por su rechazo hacia todas las reglas que interfirieran en el objetivo de su misión. La fe en una verdad inalienable la volvió rebelde e indomable, mientras que la profecía de la que fue portadora la condujo a un contexto político-militar y a unas dinámicas que ella no podía manejar.

Jeanne: la única hereje medieval condenada por vestir ropa de hombre

Como líder militar, dirigió un ejército, pero nunca mató a un hombre; como virgen (sirvienta) fue la garante del carácter sagrado de la dinastía Capeto; y como portadora de un carisma profético “en acción” fue imparable. Este encanto lleno de contrastes casi inverosímiles creó el mito del personaje claroscuro. Para salir del impasse conceptual de la contradicción entre herejía y santidad, conviene aclarar que Jeanne nunca se fue declarada hereje.

A partir de la Reforma esta autoidentificación adquiere el carácter reivindicativo de una elección religiosa. El contraste entre dos figuras (hereje y santa) está vinculado a la documentación que se conserva. Los juicios de 1431 la condenaron por herejía, no por brujería, a pesar de que los jueces insistieron en realizar el interrogatorio en esa dirección.

Los testimonios fueron en contra de Jeanne, a quien definieron como una “niña soberbia” por la forma en que reaccionaba y respondía, no se plegó a la lógica judicial, sino que se defendió con palabras y silencios en un enfrentamiento en el que las provocaciones sacaron a relucir un temperamento poco usual.

Las respuestas de Jeanne rompieron con una tradición por la que las mujeres llamadas herejes, eran representadas con una imagen coral o bien hablaban entre poco o nada (en los juicios inquisitoriales). Ejemplos como el de Margherita llamada “la bella”, seguidora del fraile Dolcino y sus profecías, fue una predicadora itinerante de la que no sabemos ni una palabra, ya que las pruebas se han perdido.

Margherita conocida como “Porete”, se negó a hablar ante los jueces y, desconociendo su autoridad, se convirtió en la autora de su propio silencio con el que firmó su sentencia a la hoguera. Jeanne no sabía escribir porque era analfabeta, pero dictó con firmeza la Carta a los ingleses dirigida también al rey de Inglaterra.

Sin embargo, en el juicio Jeanne sí habló. Lo hizo alto y claro, de forma combativa y lúcida, reactiva y provocadora. Aunque a los jueces les interesaba otra voz: la que sostenía, guiaba y conducía a Jeanne durante su camino profético. Lo que para ella era fuerza y fe, para los jueces eran indicios de brujería.

Voz de Dios

Contó que a los 13 años escuchó una “voz de Dios”. Era verano, estaba en el jardín de su padre y era casi mediodía. La voz y una luz venían de un lado de la iglesia. En ese momento tomó la decisión de permanecer virgen. La voz, –o las voces–, y la virginidad fueron el escudo de protección que los jueces durante mucho tiempo pretendieron traspasar con sus insistentes preguntas. La virginidad la protegió de la acusación de origen demoníaco de las voces porque una doncella, una joven virgen, no podía ser una criatura malvada.

La tradición local y el folclore del pueblo articulaban los ritos rurales en torno al “árbol del señor” o al “árbol de las hadas”, una majestuosa haya cerca de Domrémy en la que los jóvenes colgaban coronas de flores para lo oculto y oscuro, porque las hadas serían espíritus malignos. Los inquisidores aseguraban que Jeanne escuchó la voz en ese lugar, donde bailaba y cantaba alrededor del árbol por la noche tras colgar los adornos y proferir invocaciones y hechizos. Fue acusada de poseer la mandrágora y llevarla siempre consigo por suerte. Ella siempre lo negó.

Los jueces siguieron insistiendo en la cuestión de las voces. Jeanne se mostró reacia a identificarlas, pero se vio obligada a darles una autoría: eran de Santa Catalina y Margarita, así como del arcángel Miguel.

Acusada de herejía

El apoyo de Dios a la corona de Francia a través de Jeanne se entrelaza con profecías pasadas y presentes: “¡Qué honor para el sexo femenino! (…) Jeanne devolverá la armonía al cristianismo y a la Iglesia. Ella destruirá a los paganos (los ingleses) y a los herejes de vida innoble”.

Con la derrota de París, comenzó la decadencia que conduciría a la captura y a la acusación de herejía. A punto de ir a la hoguera, Jeanne abjuró. Fue el único fracaso de una rebelde, de una mujer sola. Fue conducida a la prisión donde la esperaban con ropa de hombre: símbolo y epílogo de su cabalgada profética.

*Artículo original publicado en el número de julio de 2021 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva